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sábado, 16 de noviembre de 2013

 El “Principio de la Educación para la Diversidad” reviste gran importancia, ya que pretende garantizar una verdadera educación en igualdad de oportunidades; una educación equitativa e igualitaria.
Históricamente las personas sordas han sido concebidas como «oyentes defectuosos», personas in-válidas (sin valor), minusválidas (menor valor) o discapacitadas (sin capacidades). Por lo cual, su participación ciudadana ha sido limitada y condicionada a una serie de factores tales como el manejo de la lengua oral, la escritura y lectura, estableciéndose así una relación de jerarquía y asimetría de poder entre los oyentes y los no-oyentes.
   La tendencia a normalizar y homogeneizar, incluso en relación con la identidad considerada “normal”, que es la identidad reconocida como valiosa y que corresponde a la de la cultura mayoritaria.

    No obstante lo anterior, y sin duda a partir de los aportes de W. Stokoe, esta concepción comienza a presentar cambios paradigmáticos. Conceptos como comunidad lingüística, cultura minoritaria, procesos socioculturales, interculturalidad, identidad, entre otros, son cada vez más inevitables al momento de aproximarnos a las personas sordas, y es la propia comunidad sorda la que comienza a hacerse visible.

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